EL RITUAL DE LA SEDUCCION
por Pau y Moy el Jun.04, 2009. Categoría: CIBERGAVIOTAS, Dimensión Mental, General
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“Seducimos valiéndonos de mentiras y pretendemos ser amados por nosotros mismos”
PAUL GÉRALDY
Como tú sabes la palabra seducción tiene dos significados distintos. Uno, asociado a la habilidad para engañar al prójimo torciendo su ánimo hasta hacerle actuar según me convenga. Y el otro, relacionado con la capacidad de enamorar y despertar el interés por el sexo, cautivando la voluntad de la otra persona desde el atractivo físico y/o la habilidad verbal. Por lo visto don Juan Tenorio era un maestro en las dos vertientes expresadas y por eso afirmaba: ” desde una princesa real hasta la hija de un pescador había recorrido su amor toda la escala social”.
Evidentemente el ritual de seducción que defendemos aquí no es el de las estrategias de engaño don Juanescas orientadas a sumar muescas en la lista de mujeres fugazmente amadas y prontamente abandonadas, sino el que se relaciona con las actitudes que pueden favorecer nuestras habilidades para que las iniciativas de acercamiento resulten más eficaces.
Todo ritual tiene su parafernalia y nosotros vamos a construir la del nuevo concepto de la seducción. La típica, la tradicional, la machista se apoya en la preeminencia masculina y la subordinación femenina. La nueva, la alternativa, la equitativa, se fundamenta en el principio de simetría relacional y la igualdad de derechos. Hasta ahora, eran los hombres los seductores y las mujeres las seducidas. Los hombres que enamoraban y las mujeres las enamoradas. A partir de ahora, y en virtud del nuevo código de relaciones de una cultura de la convivencia que pretende ser menos sexista, la seducción dependerá de la coincidencia de atracciones recíprocas y el enamoramiento se iniciara como sentimiento compartido.
Para ir a donde queremos, debemos partir de donde estamos. En lo que respecta a la seducción estamos anclados en el pasado y desorientados ante el presente. La mujer ha reclamado su derecho al orgasmo y descubierto la potencia de su sexualidad, el hombre empieza a tener problemas de impotencia y miedo al desempeño.
La seducción típica-en la que el hombre debe convencer, para que la mujer acceda al contacto sexual-tenía sentido cuando la fuerza de la represión hacia que estas negaran su propio deseo. Pero desde que su honestidad ya no se mide por la conservación del himen y las mujeres están dispuestas a gozar de la sexualidad sin más trabas que las de hacerlo con un hombre que les guste lo suficiente, el concepto de virilidad ha entrado en crisis y necesita ser revisado.
Para alcanzar su propósito el hombre no dudaba en halagar, regalar y prometer. Cualquier estrategia era buena si servía para rendir la virtud deseada, y la satisfacción de conseguirlo significaba, para muchos de aquellos seductores, mayor placer que el que podía procurar el propio contacto sexual.
Lo malo es que una cosa es despertar el amor y otra muy distinta apagar su fuego.
Desde que la mujer no se conforma con ser seducida, y demanda ser satisfecha, el esquema tradicional de seducción ha entrado en regresión. Cada vez gusta menos el hombre que pretende impresionar con exhibiciones de su poder físico, económico o cultural y cada vez gusta mas, el hombre que sabe relacionarse con respeto y consideración desde una posición simétrica e igualitaria que permita vivencias recíprocamente enriquecedoras.
Las mujeres ya no aceptan estar subordinadas, esclavizadas ni sobreprotegidas, por eso los seductores actuales ya no pueden actuar como jefes, propietarios o maestros que se comportan como preceptores de sus pupilas, entre otras cosas porque las mujeres saben, desde hace tiempo, que cierto tipo de hombre, entre los que se encuentra el clásico seductor, tienen poco que enseñar que sea digno de aprender.
EL NUEVO SEDUCTOR
Es un hombre capaz de interesar a las mujeres por lo que es y no por lo que finge y que en lugar de intentar impresionarlas con su apariencia sabe enamorarlas con su esencia, siempre, claro, que esa esencia sepa expresarse con coherencia.
La gente no nos valora por lo que somos sino por cómo nos comportamos. Desde un punto de vista social de poco sirve la esencia si no sabemos convertirla en presencia. Imaginan ustedes a un maestro diciendo a sus alumnos que conoce a fondo un determinado tema pero que no sabe exponerlo, o a un locutor de radio que fuera tartamudo. Ambos serian objeto de burla y quedarían desempleados. Cada actividad requiere no solo ciertas capacidades sino también además ciertas habilidades relacionadas con su expresión y la expresión del seductor requiere el don de la palabra. Un seductor sin facilidad de palabra sería como un futbolista cojo, por mucha clase que tuviera sería superado por sus competidores.
Para comunicarnos con eficacia y fluidez solo se requieren tres cosas:
- Tener algo que decir
- Quererlo compartir
- Ejercitar la conversación
El primer punto lo aporta la inteligencia, el segundo la determinación y el tercero la voluntad.
EL CAMINO DE LA SEDUCCION
Una joven y atractiva mujer se lamentaba en su poca fortuna en cuestiones del amor. Por lo visto los hombres desaparecían de su vida con la misma velocidad que al principio, habían mostrado para intimar con ella. Su caso es representativo del efecto paradójico que produce el exceso de necesidad. Su problema, consistía únicamente en que el propio deseo de consolidar la relación desencadenaba en sus pretendientes el efecto contrario al deseado.
Cuanto más le interesaba un chico, mas rápido este se alejaba de ella, porque antes le agobiaba con todas sus demandas.
La clave de la seducción reside en despertar el interés, no en forzar el contacto, y para despertar el interés nada mejor que mostrarnos ante las personas de manera tal que les resulte agradable nuestra compañía. La presión, la insistencia, y la demanda excesiva no favorecen el éxito afectivo; más bien lo dificultan. La facultad de seducir no se improvisa ni depende de formulas mágicas, si no que se construye desde la expresión de lo mejor de nuestra identidad.
Los rituales de comportamiento que no se corresponden con lo que somos o aspiramos a ser, no ayudan a enamorar si no que contribuyen a crear inseguridad porque aún en el caso, improbable, de que alcancen su objetivo, la persona queda en la duda de si su éxito se debe al fingimiento, a la parte de si misma que trasciende en la conducta, o a la parte de si mismo que ha intentado ocultar.
Por eso, las estrategias de seducción no deben apoyarse en guías o recetas externas, sino en potenciales y valores internos asociados a la autenticidad y al optimismo, dos actitudes de comportamiento que son susceptibles de cultivar y desarrollar.
Ser lo que se sentimos y sentir lo que somos sería una buena fórmula metafísica de la esencia de la autenticidad que permitiría expresar la verdadera naturaleza de nuestra condición y facilitaría que las estrategias de seducción en lugar de engañar al prójimo, sirvieran para sincerarnos con nosotros mismos.
Cuando alguien se relaciona desde la falsedad, no sabe si le aceptan por lo que es o por lo que aparenta; lo cual, además de crearle incongruencia, le hace dudar de hasta qué punto es merecedor de su éxito. En cambio, quien actúa desde la coherencia evita los dos riesgos más importantes de la seducción. El primero, engañarse a si mismo. El segundo, engañar a los demás.
El nuevo seductor requiere de un atributo más a la larga lista de valores que debe poseer. Me estoy refiriendo a ser positivo.
Ser positivo es un valor interactivo de enorme trascendencia y de incalculables beneficios personales.
La persona positiva se caracteriza por su facilidad para detectar el lado bueno de las cosas y encontrar soluciones asequibles a los problemas cotidianos. Son individuos que prefieren la acción al lamento y el fracaso a la frustración. Saben que cometen errores y aprenden de ellos. Saben que se equivocan y rectifican. Saben que son imperfectos y se perfeccionan. La persona positiva no culpa a los demás de sus desgracias y busca coartadas para la mala suerte, sino que asume la responsabilidad de sus acciones y sabe que la suerte está ligada a su actitud.
Mucha gente, para evitar el esfuerzo de superarse, prefiere creer que la actitud positiva es algo que “regalan” la naturaleza y lógicamente no hacen nada para generarla. Los que adoptan esa actitud están en lo cierto, ellos no son positivos, pero no porque su carácter lo impida sino porque su comportamiento lo dificulta.
El seductor del pasado enamoraba desde el engaño y el seductor del futuro lo hará desde la autenticidad, pero entre uno y otro nos encontramos los hombres del presente en busca de un nuevo referente que no puede ser sexista ni determinista, ni intencional. Enamorar debe ser una consecuencia de nuestra forma de ser, no una estrategia que debamos aprender.
Si tenemos presente este principio y nos implicamos en su práctica podremos comprobar, por propia experiencia, como todas y cada una de las pautas que facilitan el arte de enamorar tendrán la virtud de enriquecer nuestro carácter porque habremos sido capaces de integrarlas, de forma natural, en nuestra conducta.